martes, 2 de diciembre de 2014

En torno a la cultura lojana

Recomiendo un artículo muy interesante de Félix Paladines P. sobre los aportes que hizo la cultura lojana al Ecuador: 

La lojana es una cultura con raíces y cimientos muy hondos. Loja forma parte de una de las regiones que mejor se conocen y saben a sí mismas, que cultiva su singular cultura con orgullo: buenos historiadores como Pío Jaramillo A., Alfonso Anda A., Hernán Gallardo M. y Galo Ramón hacen que nuestra historia regional sea una de las mejor estudiadas y conocidas. También abordaron temas históricos regionales las diestras y prolíficas plumas de Clodoveo Jaramillo A., el Cap. Luis F. Mora y Alejandro Carrión Aguirre.
Loja está circunscrita en un espacio geográfico en el que históricamente se han venido produciendo, extrayendo y comercializando productos de altísima demanda internacional, que mantienen precios siempre en alza. La circulación de estos productos, ya desde la Colonia temprana, generaba muchos circuitos comerciales y vinculaciones a lo largo y ancho del espacio regional, y la conectaban dinámicamente con la macroregión Norperuana–Surecuatoriana y con el mundo.
Lo que Loja le dio al Reino de Quito, a América y al mundo lo dio primero en oro (recuérdese que la investigadora ecuatoriana Maximina Navarro encuentra que sólo de Nambixa y durante el s. XVI, salieron con destino a las arcas reales y en calidad de quintos, 32.000 kilogramos de oro -32 toneladas-; más, hay calificados historiadores como Fernand Braudel que dice que en esa época “españoles y portugueses organizaron toda una vasta red que manejaba la exportación clandestina de metales preciosos”; de tal manera que, por las Cajas Reales, no pasaba más del 20 o 30% del oro realmente extraído. En su mejor momento, por Loja salía hacia Europa hasta el 40% de la riqueza que la Armada del Sur transportaba hacia España). Más tarde, Ss. XVII y XVIII, en ese producto casi milagroso que es la quina, la “corteza de Loja”, que ha permitido a la ciencia médica salvar millones de vidas afectadas por los terribles estragos de la malaria. Súmese a la riqueza antes mencionada los famosos mulares lojanos que, con los de Máncora en el Perú y los de Salta en Argentina, se cuentan entre los mejores del continente (esto, como analizaremos en otra oportunidad, tuvo, en ese momento histórico, una importancia capital).
Loja, entonces, ubicada estratégicamente en el centro de una gran región de abundancia, vivió, hasta finales del s. XVIII y ya iniciado el s. XIX, una época de auge económico que, por razones explicables, estuvo acompañada de un florecimiento cultural notable, que se ha prolongado en el tiempo y ha recibido el reconocimiento del país entero. Las letras y las artes del Sur, por lo mismo, siempre estuvieron vigentes en el concierto de la patria ecuatoriana.
Para una mejor comprensión del fenómeno cultural lojano, este puede ser dividido en tres épocas claramente diferenciadas: la primera cubriría todo el período colonial; la segunda, desde la Independencia hasta los inicios de la revolución liberal; y, la tercera -que puede ser considerada como la ´”edad de oro” de las letras y las artes en Loja-, abarcaría desde fines del s. XIX hasta la tercera década del s. XX, más o menos.
Refiriéndonos al primer período, recordemos que el Padre Juan de Velasco, ya en el s. XVIII, en su “Historia del Reino de Quito”, Tomo III, se expresa así: “Loja ha sido madre fecunda de sujetos ilustres. Dio no pocos al clero secular y regular, y particularmente a la Compañía en todos (los) tiempos. Los P. P. Ramón de Moncada y Diego de Ureña dieron gran esplendor a la recién nacida Universidad de San Gregorio Magno. El P. Alonso de Rojas fue oráculo de sabiduría y ejemplo de virtudes (a su elocuencia le correspondió la célebre oración fúnebre ante el cadáver de Mariana de Jesús, la azucena de Quito, de la que fue en vida su Director espiritual). El P. Simón de Rojas, que lo imitó en uno y otro, consumó su ancianidad con el apostolado del Marañón, donde le siguieron los P. P. Juan Colomo, Pedro Valdivieso y varios otros célebres en diversos tiempos (en la época a la que nos estamos refiriendo, toda la vida intelectual y social de las colonias giraba en torno a la Iglesia: los pintores y escultores más brillantes tenían que pintar y esculpir imágenes y bustos de santos; los arquitectos más reconocidos, debían erigir templos e inmensos conventos; los jóvenes de más vivo intelecto, en fin, tenían que entrar al servicio de la Iglesia desde cualquier posición social y profesional que ocuparan. Los conventos eran, por lo mismo y en ese momento histórico, los principales centros depositarios de la cultura y los clérigos, claro está, casi siempre los más doctos).
Hay un hecho trascendental que se produce en esta primera época del desarrollo de la cultura lojana: al despuntar el s. XVIII, los excedentes económicos generados por el indudable florecimiento económico de la región y acumulados en la forma de sólidas fortunas en manos de la aristocracia terrateniente y de grupos emergentes, como los altos funcionarios de la Corona y los grandes comerciantes, por ejemplo, van propiciando un clima cultural en el que surge un claro y feliz mecenazgo, orientado a impulsar el desarrollo de la educación, en sus dos niveles básicos. Así, en Agosto de 1.705, don Cristóbal González Hidalgo hace una considerable donación destinada a la fundación de un colegio en nuestra ciudad. Este hermoso proyecto solamente se pudo concretar en 1.727, cuando nuevas erogaciones hechas por los filántropos Dr. José Fausto de la Cueva y el P. Francisco Rodríguez permitieron la creación del “Colegio de Loxa”, que se convierte en la institución de cultura más antigua del país y, con seguridad, de las primeras de Sudamérica. Posteriormente, en 1.805, nuevas y cuantiosas donaciones hechas por don Bernardo Valdivieso y don Miguel Valdivieso, permitieron la consolidación del centenario colegio y de la escuela anexa al mismo, así como de un sistema educativo propio. El Colegio, desde Octubre de 1823 y como consecuencia de la visita a Loja del Libertador Simón Bolívar, quien dicto el Primer Reglamento y encargó al municipio el patronato de esta querida institución lojana, pasó a llamarse “San Bernardo”. Pronto, el año 2.027, el Colegio “Bernardo Valdivieso” cumplirá 300 años de creado.
El segundo momento de la periodización antes propuesta, cubre desde la Independencia hasta los inicios de la revolución liberal. Por limitaciones de espacio, y por tratarse de un período más conocido y mejor estudiado que el primero, concretémonos, en esta oportunidad, a solamente hacer una breve referencia de las personalidades y los hechos culturales de mayor trascendencia en esta etapa:
Producida la Independencia de esta parte del continente, luego de la Batalla de Ayacucho, el naciente Estado ecuatoriano requería de urgencia la presencia de intelectuales con talla de estadistas, de políticos inteligentes y sagaces, de juristas doctos que contribuyeran con sus luces a la formación de la República que emergía. En ese difícil momento histórico, dos ilustres lojanos, los doctores José Félix Valdivieso y José María Lequerica Riofrío estuvieron presentes al servicio de la patria que nacía: el primero, José Félix Valdivieso, destacó ya por sus brillantes intervenciones en la Convención de Ocaña, siempre secundando las justas posiciones del Libertador Bolívar. Después, ya sea como ministro de Flores, diputado constituyente en 1843 o como Jefe Supremo de la Sierra, siempre brilló por sus posiciones ponderadas y por sus vibrantes discursos, que le asignan un lugar preferente entre los oradores políticos de la joven República. Lequerica Riofrío, en cambio, fue primer Presidente de la Corte Superior de Guayaquil, creada por Decreto del Libertador Bolívar en diciembre de 1830; también fue miembro de la Corte Superior de Cuenca, desde su fundación, y Ministro de la Alta Corte de Justicia del Ecuador (actual Corte Nacional de Justicia). En 1830 representó a Loja en la Primera Asamblea Constituyente de Riobamba.
El doctor Miguel Riofrío P., sin lugar a dudas la figura más alta de las letras lojanas de la etapa de la República que estamos analizando, fue poeta, periodista, escritor, diplomático, orador, pedagogo, todo conjugado en un brillante intelectual que se convirtió en el animador y conductor espiritual de las promociones literarias de su tierra y en el más convencido y consecuente difusor de las avanzadas ideas liberales. Bardo excepcional, quien, a decir de Juan León Mera “hubiera sido el más alto poeta ecuatoriano, si la política no le hubiese absorbido tanto”. Autor de “La Emancipada”, considerada la primera novela ecuatoriana. Fundó, con el concurso de un formidable equipo de profesores de Nueva Granada el “Colegio de La Unión”, primer establecimiento particular y laico de la República, cuya fama atrajo a brillantes estudiantes de otras provincias ecuatorianas y de las vecinas Repúblicas de Perú y Colombia.
En 1855 don Juan José Peña trae a Loja, desde Lima, la primera imprenta (Alejandro Carrión A. dice que “la imprenta es para la inteligencia como el aire para la vida”), en la que, de inmediato, comienza a publicarse el primer periódico de esta región del país, La Federación- que poco más tarde se convertirá en el órgano oficial del Gobierno Federal de Loja-, y que produce una auténtica revolución literaria que hace surgir “una verdadera legión de poetas y prosistas del más alto nivel”, a decir del Dr. Pío Jaramillo. Se comienzan a publicar “las poesías de Ramón Samaniego y Sebastián Ordóñez, las prosas correctísimas de Toribio Mora, Manuel Alejandro Carrión, el autor de “Ecuatoriales”, José María Bermeo y Pablo Alvarado, Benigno Carrión, Francisco Arias, los hermanos Agustín y Manuel Alvarez, Luis F. Riofrío y Manuel Belizario Moreno”. Nuevos y nuevos equipos de impresión son importados por progresistas empresarios lojanos. Para 1893 el Colegio Bernardo Valdivieso cuenta también con una moderna imprenta. Se multiplica la publicación de periódicos, revistas (la primera revista dirigida y escrita por mujeres en este país, “Hojitas Blanquinegras”, circula en Loja a fines del s. XIX) y comienzan a editarse las primeras novelas lojanas.
Hay estudiosos del fenómeno cultural lojano que consideran que tal vez el periodismo deba ser considerado, en el primer siglo de República, como la manifestación intelectual ejercida con más fuerza y brillantez por los escritores de esta provincia del país. Destacan en esta actividad, entre otros, lojanos de la talla de Vicente Paz , proclamado como el “Decano de la prensa nacional”, Miguel Riofrío, Toribio Mora, Manuel Benigno Cueva B., Eliceo Paz, Sebastián Ordóñez, Samuel Jiménez, Francisco Arias (Vicepresidente en la administración de Veintimilla), Roberto Aguirre…
Al referirnos al tercer período propuesto (desde las dos últimas décadas del s. XIX hasta la tercera del s. XX), si bien es cierto que, desde que se consolida la República, el centro de gravedad de la cultura ecuatoriana ha estado pendulando entre los dos grandes polos regionales: Quito y Guayaquil; sin lugar a dudas, la presencia cultural de Loja ha sido tan fuerte que no ha podido desestimarse ni soslayarse. La música y la novela lojanas, por ejemplo, siempre fueron y son un necesario y obligado referente en el contexto del país.
Ya en el siglo XX, una fuerte corriente cultural tomó vuelo desde Loja y se regó por todos los ámbitos de la patria (Pío Jaramillo, Benjamín Carrión, Agustín Cueva S., Isidro Ayora C., Clodoveo Jaramillo, Felicísimo Rojas, Pablo Palacio, Manuel Agustín Aguirre, Eduardo Kingman, Salvador Bustamante, Segundo Cueva C., Alfredo Palacios, Alejandro Carrión y tantos otros), vivificando y enriqueciendo la cultura nacional.
Pienso que hemos madurado como región en estos últimos años: ya podemos analizar y reconocer nuestros ancestros sin resentimientos y sin rubor. Reconocer y aceptar orgullosos la poderosa herencia cultural indígena, que está en la base de nuestra cultura mestiza actual. La cultura de un pueblo no se edifica sobre la nada: mucho nos llegó desde Europa, es cierto: lenguaje, religión, parte de nuestra sangre; pero mucho -lo más fuerte – es vernáculo, autóctono, nuestro desde siempre. Entonces, sólo parte de nuestra cultura proviene de Europa (aquí había culturas sólidas y altamente desarrolladas, con una tradición de siglos: las andinas). Los materiales básicos de nuestra cultura, son mestizos.
Loja -como describe a Macondo García Márquez en Cien Años de Soledad-, estuvo ubicada junto a rutas de comercio permanentes: ´hasta ella llegaron, muy temprano aún, en la etapa de la conquista ibera, árabes y judíos que comerciaban de todo y todo lo transformaban en monedas de oro y plata´. Llegaron negros esclavos africanos para reemplazar a los indígenas que habían quedado exhaustos en las bocaminas y lavaderos de oro…; pero también llegaron, atraídos por su fabulosa riqueza biológica, insignes científicos-viajeros, que divulgaron por el mundo las bondades de su clima y su naturaleza excepcionales. Todo esto configura un mestizaje diferente, una cultura diferente y peculiar con todo lo que ella implica, “y que hoy, desde la región meridional, forma parte sustancial de la cultura nacional del Ecuador”, como dice Marco Placencia.

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